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El lado del corazón

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Dice la RAE que zurdo/a es aquella persona “que tiene tendencia natural a servirse preferentemente de la mano y del lado izquierdos del cuerpo”, una definición que describe a un aproximado 10% de nuestra población. Actividades como la escritura, aunque se realizan con las manos, están dirigidas por determinadas áreas del cerebro que pueden encontrarse en cualquiera de sus dos hemisferios, siendo esta organización lateralizada la causante de nuestra destreza con la izquierda o la derecha, una supremacía hemisférica que, según los expertos, puede verse condicionada por nuestros genes.

Nuestro cerebro está formado por dos hemisferios. Ambos participan en todas las funciones, aunque cada uno tiene su especialidad y por lo tanto domina una serie de competencias concretas. El hemisferio izquierdo (simbólico o lógico) es el encargado del lenguaje y del procesamiento secuencial de la información; es el hemisferio “científico”. El hemisferio derecho (visual, postural u holístico) es el encargado de las funciones espaciales, holísticas y de las imágenes visuales; es el hemisferio “creativo”. Es quizás por las funciones en las que ambos se especializan por las que el izquierdo suele ser el hemisferio dominante, aunque separado del derecho empobrecería enormemente sus capacidades, al igual que el derecho si lo separamos del izquierdo. Y esta es la clave: ambos deben trabajar unidos y su intercomunicación debe ser fluida. Esta unión comunicativa la materializa el cuerpo calloso, un haz de fibras nerviosas de cuyo correcto desarrollo depende la realización continuada de movimientos y actividades de patrón contralateral en nuestra infancia, es decir, movimientos en los que el niño utilice ambos lados del cuerpo en pauta cruzada (la pierna derecha a la vez que el brazo izquierdo, por ejemplo). Este es un buen motivo para pensar que reptar, gatear y caminar en la primera infancia es imprescindible para futuras actividades complejas, como la lectoescritura, puesto que estimulará el correcto desarrollo del cuerpo calloso, que a su vez favorecerá la conexión entre ambos hemisferios y por tanto la colaboración entre ambos, evitando el caos que supondría que ambos hemisferios compitiesen por dominar.

Cuando los peques comienzan a definir su lateralidad, entre los tres y los cinco años, necesitan contar con un punto de partida estable, unas coordinadas definidas que les permitan organizar la información y puedan evitarse confusiones de espacio o conceptuales, como equivocaciones entre los conceptos de “anterior” y “posterior”, por ejemplo. Incluso dificultades más tardías, como la disgrafía (calidad deficiente de escritura sin déficit neurológico o intelectual que lo explique), que suele surgir entre los doce y catorce años y que pueden estar derivadas de esta mala estructuración. En resumen: la información sensorial que recibimos es continua y necesitamos utilizarla de manera eficaz para regular nuestro comportamiento, o lo que es lo mismo, para interactuar con el mundo.

Definidos estos conceptos podemos decir que la zurdera no es un defecto, pero sí puede ser una desventaja, porque aunque no es motivo para el rechazo social, sí se percibe cierta discriminación en algunos aspectos, apareciendo todo tipo de dificultades prácticas y psicológicas con las que las personas zurdas tienen que luchar a diario. Según Mª Rosario Villagrasa Ballester, Psicografóloga especializada en Reeducación de la Escritura, entre los niños que tienen dificultades escolares, los zurdos son los que, en clase y en casa, sufren más injusticias… ¿Por qué? Porque nadie sospecha la causa de su lentitud, de sus errores y de su dificultad para hacer las cosas bien. Hay carencias parciales, a menudo inapreciables, especialmente en el conocimiento del esquema corporal, que crean lagunas de base y dificultan el proyecto más loable”.

Porque nadie sospecha la causa. Este es el motivo base para que, como educadores de infancia, permitamos a nuestros peques hacernos partícipes de las señales que nos irán enviando desde los planos instrumental, operativo y postural (espalda, brazos, manos, cabeza…). Los recursos para ello son variados aunque se pone en evidencia que el trabajo psicomotriz en esta etapa se antoja fundamental, acompañado por un buen ejercicio de observación por nuestra parte, claro. Para ello es importante tener en cuenta que los peques de infantil experimentan constantemente y es normal que también lo hagan con ambos lados de su cuerpo, por lo que será habitual verles utilizar una y otra mano de manera indistinta en su juego diario sin que ello suponga que han definido su lateralidad. Es por este motivo que algunos expertos están de acuerdo en que iniciarles en actividades que requieran de la utilización de un utensilio antes de que su lateralidad esté clara, puede ser un error. Aunque el claro error sin duda es pretender variar su inclinación natural, hecho que impide que su cerebro se organice y por lo tanto, le genere problemas espaciales, de habilidad y destreza y muy frecuentemente de rendimiento escolar.

En conclusión por tanto, la lateralidad es un aspecto sumamente importante de cuyo correcto desarrollo dependerá el nivel de dificultad que encuentre un niño o niña zurdo en su interacción con un mundo diseñado por y para diestros a lo largo de su vida.

Emociones en la vida prenatal

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Si buceamos un poco en el mundo de la Psicología Evolutiva, sobre todo a lo largo del último siglo, nos daremos cuenta de que existen una gran variedad de corrientes y autores que aportan sus propios métodos y modelos sobre el desarrollo humano, que en numerosas ocasiones resultan incluso contradictorios entre sí, (léase las teorías de Vygotski, Erikson o Piaget al respecto). Y es precisamente este motivo el que enriquece el concepto mismo de desarrollo, aportando nuevas claves provenientes incluso de otras teorías totalmente distintas a la Psicología Evolutiva, y que han dejado claro que el desarrollo humano va ligado a múltiples variables internas de la persona, heredadas, externas y determinadas por el ambiente e incluso muchas otras que son difíciles de identificar o conocer el grado de importancia o influencia.

Siguiendo sobre esta base y avanzando más concretamente hacia el desarrollo de la infancia, entendida desde mi punto de vista como el corazón (en su sentido más romántico) sobre el que se forma la persona adulta, se han realizado numerosos estudios y observaciones ecográficas que confirman que efectivamente las emociones pueden ocurrir ya en el periodo prenatal del bebé, siendo el tercer trimestre del embarazo clave en este proceso:

Desde la semana veinticuatro, el feto entra en uno de los periodos más emocionantes de su desarrollo, es el momento de la eclosión de sus sentidos, el momento en que comienza a recibir y procesar los primeros estímulos del mundo exterior. Muchos de sus órganos y nervios sensoriales ya están maduros y su cerebro está en disposición de interpretar pequeños rudimentos de sensaciones, puesto que en la vida intrauterina hay también muchas cosas que descubrir. El sabor del líquido amniótico, por ejemplo, portador de los gustos y olores de la comida que ingiere su madre, se convierte en un medio estupendo no solo para ir conociendo la mano de su madre con la cocina, sino también para ir discerniendo si le gusta o no, lo que será muy importante de cara a su alimentación postnatal, por ejemplo, ya que la leche materna contendrá, al igual que el líquido amniótico, los sabores y olores de la ingesta alimentaria de la madre. Recientes estudios mediante ecografías en 4D teorizan sobre ello tras observar a bebés sacando la lengua en repetidas ocasiones. ¿Es posible entonces que tenga que ver la cantidad de antojos con el mismo alimento y el gusto postnatal del niño hacia ese alimento? Transparente a mi humilde opinión. Aunque no menos significativa me parece esa curiosidad que los bebés del estudio muestran por explorar mediante sus órganos sensoriales, esa sensibilidad al descubrimiento.

Los sonidos también son una fuente reveladora para el pequeño feto, quizás una de las más amplias y la que a mí más me entusiasma. El bebé está rodeado de líquido amniótico y es por ello que las ondas sonoras se aprecian mejor, puesto que viajan más rápido que por el aire. La comida viajando por el cuerpo de su madre, su corazón e incluso los propios chapoteos del pequeño son solo algunos, quizás los primeros, ruidos con los que se familiarizará desde su pequeño nido, a los que hay que añadir los externos al cuerpo, como la música y sobre todo, los ultrasonidos de las ecografías, que pueden llegar a resultarle extremadamente molestos dependiendo de su colocación, como ha podido observarse en diversos estudios. Pero el sonido que destacará entre todos será aquel que no se pierde entre otros, que no llega distorsionado y gracias al cual comienza a desarrollar un vínculo precioso con su fuente: la voz de su madre. Un sonido que nace y viaja a su lado, el sonido de ese ser que le abastece para desarrollarse, el sonido del que hasta el momento del parto, es su hogar y todo su mundo. ¿Es posible entonces que una rima que la madre le repite en su vida intrauterina sirva como sedante para pequeños enfados o sofocos postnatales? Transparente, de nuevo, a mi humilde opinión.

El objetivo de un feto es prepararse para su vida en el mundo exterior, y pese a su dependencia, para su pequeña parcela de independencia. Esa disposición no se la dan únicamente unos miembros bien formados, sino también un sano desarrollo de sus emociones, o lo que es lo mismo: una base sólida de su equilibrio personal futuro. El embarazo no solo es una situación transitoria que atravesar con los tobillos hinchados y las náuseas matutinas; el periodo de gestación es un viaje maravilloso en el que madre e hijo se encuentran por primera vez y en el que aprovechar la actualidad en avances y nuevos hallazgos sobre la vida intrauterina se convierte en la opción más adecuada, no solo para formar un vínculo único, precioso y de valor incalculable con él, sino para empezar a trabajar sobre las pequeñas manifestaciones del bebé y contribuir así de manera efectiva a su pleno desarrollo desde el inicio de su vida como célula.

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